Una hora, cuatro minutos
Quiero sentarme en la ventana,
en todas las ventanas de las casas con luces prendidas
Acariciarme las piernas y no la pantalla tibia del celular.
Tomo del vino que abrí con un cuchillo sin miedo a herirme. Porque estaba sola, como ahora. Sola no tengo miedo, no hay empatía. No hay quien me mire sangrar y no sepa qué hacer.
Yo sé qué hacer con mi sangre, con mis ganas insaciables de fumar, con el color bordo de mis labios que no me avergüenza.
Es cuando estoy sola que me entiendo. O cuando tomo vino. Me dijeron que las dos opciones son perjudiciales.
Pero hoy es mi cumpleaños, puedo ser todo lo perjudicial que se me antoje. Así como se me antojó beber y leer mientras esperaba algún que otro saludo. También esperaba saludos que no van a llegar, como esperé que el libro no terminara pero terminó.
No esperé 22 años. Jamás.
Tengo casa nueva y muchos deseos de que me vaya bien en la “nueva etapa”. No termino de entender qué es esa nueva etapa. Cuándo empezó, de qué se trata, qué papel interpreto o cuando va a terminar.
¿Los 22 también son una nueva etapa?
Son muchas cosas las que tengo que asimilar, según ustedes. Por mi parte, estando sola, sigue siendo todo tan igual: el vino, el libro, la espera tibia y yo, queriendo entender, queriendo desligarme, mostrarme paciente, casi desinteresada. La misma etapa desde que nací. La misma persona con más palabras, menos palabras. Quizás más ganas de plasmarme, de tocarme las piernas y no tocar la espera incansable que cumple ya no sé cuántos años en cuántas casas, ventanas, luces prendidas, vinos abiertos, saludos y deseos mandados a una hora, veintiún minutos de la nueva etapa, o la misma etapa que ya era nueva.
A mí.
Me encandila tener los ojos cerrados. Recordar lo que tuve no tuve en brazos labios dentro de nubes humos tan lejos. Tan lejos. La espera siempre me posiciona tan lejos. Me hace pensar, realmente creer, que son pocos los años.
Quiero sentarme en la ventana,
en todas las ventanas de las casas con luces prendidas
Acariciarme las piernas y no la pantalla tibia del celular.
Tomo del vino que abrí con un cuchillo sin miedo a herirme. Porque estaba sola, como ahora. Sola no tengo miedo, no hay empatía. No hay quien me mire sangrar y no sepa qué hacer.
Yo sé qué hacer con mi sangre, con mis ganas insaciables de fumar, con el color bordo de mis labios que no me avergüenza.
Es cuando estoy sola que me entiendo. O cuando tomo vino. Me dijeron que las dos opciones son perjudiciales.
Pero hoy es mi cumpleaños, puedo ser todo lo perjudicial que se me antoje. Así como se me antojó beber y leer mientras esperaba algún que otro saludo. También esperaba saludos que no van a llegar, como esperé que el libro no terminara pero terminó.
No esperé 22 años. Jamás.
Tengo casa nueva y muchos deseos de que me vaya bien en la “nueva etapa”. No termino de entender qué es esa nueva etapa. Cuándo empezó, de qué se trata, qué papel interpreto o cuando va a terminar.
¿Los 22 también son una nueva etapa?
Son muchas cosas las que tengo que asimilar, según ustedes. Por mi parte, estando sola, sigue siendo todo tan igual: el vino, el libro, la espera tibia y yo, queriendo entender, queriendo desligarme, mostrarme paciente, casi desinteresada. La misma etapa desde que nací. La misma persona con más palabras, menos palabras. Quizás más ganas de plasmarme, de tocarme las piernas y no tocar la espera incansable que cumple ya no sé cuántos años en cuántas casas, ventanas, luces prendidas, vinos abiertos, saludos y deseos mandados a una hora, veintiún minutos de la nueva etapa, o la misma etapa que ya era nueva.
A mí.
Me encandila tener los ojos cerrados. Recordar lo que tuve no tuve en brazos labios dentro de nubes humos tan lejos. Tan lejos. La espera siempre me posiciona tan lejos. Me hace pensar, realmente creer, que son pocos los años.
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