Lo que se hacia era en vano, le dije. No existían esas promesas más allá del habla. Era lógico, todos lo sabían.
Por un momento quiso, o creí que quería, preguntar si estábamos hablando de la caducidad de las palabras. Pero no lo preguntó porque ya tenia su respuesta. No hablábamos de las palabras, si no de aquello que permanece sin nacer. De todos esos días en los cuales depositamos la esperanza de vivir. No de vivir como quien dice VIVIR. Si no de esos días en los cuales nos levantamos a la hora que decíamos que íbamos a levantarnos, desayunábamos, leíamos un poco.
Y ese es el problema de los que no piden demasiado. En el afán de satisfacerse se encuentran saboteando hasta el desayuno. De tan simple, igualmente tan complicado.
Yo podía vivir así, pero no quería. Ni siquiera estaba del todo segura... ¿Algo tan simple? ¿Eso es todo?
Algo mas, tenia que existir algo mas.
Entonces nos dimos cuenta. Mas allá de las palabras y las acciones no nacidas, estaba el deseo de que nazcan. De que nazca todo de una buena vez. Pero, sobretodo, de que la conversación sea entre dos y no entre los muchos de uno mismo.
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